viernes, 16 de abril de 2021

Maestros resilientes para alumnos resilientes

 RESILIENCIA





El ser humano ha pasado por diversas etapas a través de la historia de la evolución que como resultado ha proporcionado no sólo productos neuronales y biológicos, sino también emocionales que lo ayudan a desarrollarse cognitiva y personalmente. Al presentarse una situación complicada ante un individuo se produce una reacción y, por ende, una emoción en respuesta a la situación. Gracias a la evolución el ser humano posee reflejos y respuestas tanto fisiológicas (activación del sistema nervioso simpático) como emocionales que le permiten resolver problemas. Sin embargo, en ocasiones se presentan fallas en el aspecto emocional, parece extraño como es que ciertos individuos son capaces de manejar mejor las situaciones que otros semejantes que pasan por situaciones adversas similares y caen en un cuadro de estancamiento, que en ocasiones incluye depresión, aislamiento, deterioro mental, e incluso pueden presentarse secuelas en distintas áreas del desarrollo (Morelato, 2011), ya que la emoción empeora la situación en lugar de ayudar a sobrellevar el evento negativo, esto ocurre cuando la emoción deja de ser adaptativa, es decir, en lugar de generar motivación al individuo para mejorar su situación, la reacción emocional se produce en mayor cantidad de la necesaria y genera en la persona un desgaste innecesario, por ejemplo, un adolescente a finales de semestre empieza a recibir múltiples tareas de sus profesores y como reacción comienza a sentirse ansioso, hasta aquí la ansiedad se presenta en una cantidad moderada y funcional, puesto que la ansiedad genera el miedo a perder el semestre y le causa al joven la motivación necesaria para que comience a realizar sus trabajos y los pueda entregar a tiempo, en otro caso distinto, el adolescente presenta ansiedad excesiva, la cual le produce mayor estrés y una mayor presión que termina siendo contraproducente puesto que provoca ataques de ansiedad, pérdida de tiempo y en el mejor de los casos el individuo termina realizando trabajos a prisa y de baja calidad, en este caso la respuesta emocional afectó de tal manera que el joven ahora no sabe qué acciones llevar a cabo para llegar a una solución. En el primer caso se ha tomado el tiempo para entrar en calma y pensar claramente en un plan para organizar su tiempo de forma que pueda cumplir con todos sus trabajos finales, el resultado es totalmente diferente. En el primer caso se muestra una conducta resiliente, antes de explicar el por qué se analizarán algunas definiciones de este concepto.




Dentro de la metalurgia, la resiliencia hace referencia a la “capacidad que los materiales tienen de acumular energía elástica antes de volverse viscosos o entrar en régimen de fluencia” (Resiliencia, Tenacidad y Fractura, 2006) es decir, cuando un material es resiliente puede volver a su forma inicial (esto gracias a la energía elástica) después de haberle aplicado presión. Cabe aclarar que el régimen de fluencia se refiere a una deformación en caso de un material sólido. Por otra parte, en osteología se entiende “resiliencia” como la capacidad que poseen los huesos al recuperarse de una fractura y volver a crecer en sentido recto. Mientras que en el campo de las ciencias sociales y específicamente en psicología, dicho concepto se refiere a “la capacidad de recuperarse de la adversidad”. (Utria, 2015). En ambas definiciones se presenta una similitud, se refieren a la resiliencia como una capacidad, como la propiedad de poder recuperarse y volver al estado inicial y permanecer estable o bien, continuar en desarrollo; presentando una analogía respecto al ámbito psicológico del ser humano, se podría decir que la resiliencia se presenta en aquellos individuos competentes que pueden mantener cierta estabilidad suficiente para superar problemas (una fractura o la aplicación de presiones) y poder avanzar en un crecimiento personal (así como los huesos que, a pesar de haber sufrido una fractura, luego de recuperarse continúan su desarrollo y crecimiento físico dependiendo de la edad cronológica), además de sobrevivir a un cambio, a la presencia de presión, o a las exigencias que pueda producir el ambiente en el que se vive.  

 “En psicología, resiliencia es la capacidad de adaptarse al estrés y a experiencias negativas de una manera saludable. […] Resiliencia es, en cambio, la habilidad de hacer frente efectiva y sanamente con sentimientos negativos que surgen de experiencias negativas, mientras que todavía se es capaz de funcionar en la vida diaria (aunque esto también incluye el reconocimiento de la necesidad de tener un tiempo fuera de las responsabilidades del día a día frente al estrés extremo, así como el tiempo de duelo necesario para llorar una muerte). (Salem Press Encyclopedia, 2018)

Con esta definición se comprende que la resiliencia no se define como la habilidad de soportar el estrés o la ausencia del miedo, si bien, sí es una habilidad pero se refiere a aquella que vuelve competente a un individuo para hacerle frente a acontecimientos negativos de manera eficiente logrando continuar con sus actividades cotidianas; de igual forma, la resiliencia también se presenta en una persona cuando esta es capaz de reconocer que requiere de un tiempo libre y/o fuera de las responsabilidades para poder enfrentar aquello que le genera conflicto y así poder adaptarse de la mejor manera, es decir, no solo permite que el sujeto continúe y se adapte sin afectar sus actividades cotidianas, sino que pueda reconocer cuando el conflicto interno requiere de atención especializada y/o una pausa.




Por lo que se logra entender que la resiliencia permite analizar la problemática objetivamente, sin exagerar ni minimizar la gravedad del problema teniendo en cuenta las posibles variables como tiempo, responsabilidades y obligaciones para llegar a formular posibles soluciones y la posibilidad de continuar con los deberes cotidianos o darse un “respiro” de la rutina sin generar más problemas o afectar a terceras personas.

El origen etimológico del término proviene del latín resilio, que significa "volver atrás, volver de un salto, resaltar, rebotar". Dicho término ha sido adaptado a las ciencias sociales para caracterizar a aquellas personas que, a pesar de nacer y vivir en situaciones de alto riesgo, se desarrollan psicológicamente sanas y con éxito. Actualmente se hace referencia a la resiliencia como las fortalezas que ayudan a las personas, familias y/o comunidades a preservarse de los daños y recuperarse rápidamente. (Villalba y Avello, 2019).

La resiliencia pues, es aquella capacidad de enfrentar los problemas de manera emocionalmente eficiente sin generar más conflictos o exagerar una reacción negativa, utilizando los recursos (tiempo disponible, experiencias previas, redes de apoyo como familia o amigos) que el individuo posea para llegar a una eficaz solución. Dicha capacidad tiene como base el autoconocimiento, confianza en sí mismo y en su entorno, así como lucidez a la hora de analizar la gravedad de la problemática que se presenta, todo esto para lograr que al individuo le sea posible adaptarse y mantener una estabilidad emocional ante las difíciles circunstancias que pueda llegar a vivir. Como mencionan Villalba y Avello (2019), la resiliencia permite que una persona pueda perseverar y recuperarse de las caídas.





Después de haber analizado diversas definiciones, y volviendo al ejemplo del adolescente que se encuentra en la etapa final de su semestre, es posible establecer que el primer caso presenta una conducta resiliente, ya que el joven analizó su situación sin agravar ni subestimarla, y considerando sus propias habilidades para escribir ensayos, trabajar bajo presión y el tiempo de poseía, optó por actuar según la solución más eficiente que pudo formular.

Queda claro que la resiliencia brinda diversas ventajas positivas y es posible ver que es una característica propia de una persona que posee inteligencia emocional y que al mismo tiempo obtiene como resultado un desarrollo personal positivo y una estabilidad en aspectos emocionales que llevan a un estado de bienestar, por lo que es el resultado de la interacción entre los aspectos personales como el entorno, las relaciones cercanas y las virtudes individuales, incluso se ha considerado parte de un estado de bienestar como menciona (Páez, 2019): “es prioritario articular la resiliencia para potenciar la salud en general, el bienestar y la calidad de vida, enfocado en personas, grupos sociales o en instituciones”. Si bien, las escalas utilizadas para medir el grado de resiliencia de una persona se basan en ámbitos relacionados con aptitudes personales, apoyo social y el contexto cultural.

Además de estas escalas es posible ver que una persona es resiliente observando su comportamiento durante una situación de riesgo, o bien alguna adversidad, problemas, daños y/o experiencia negativa; todas estas situaciones pueden ser variadas: una pérdida significativa (la muerte de cierto familiar cercano o incluso la pérdida de una extremidad), haber sido despedido de un puesto importante de empleo, ser víctima de abuso, carecer de estabilidad económica, un divorcio, entre otras; dichas situaciones se presentan cotidianamente dentro de cualquier estado, además de eso nuestra República Mexicana es un país caracterizado por la corrupción, violencia intrafamiliar, abuso infantil, inequidad y falta de oportunidades, factores que afectan la vida de todo mexicano sin exceptuar a los que aún no inician su vida adulta. En el caso de los menores de edad, las posibles situaciones en las que se ve necesario el uso de un proceso resiliente son: “la recuperación después de la pérdida de uno de los padres, la normalización de la conducta posterior a la adopción de un niño que proviene de una institución, el éxito escolar de los niños que viven en situación de pobreza o en vecindarios peligrosos y la salud mental de niños con padres que presentan algún trastorno psiquiátrico” (Masten y Gewirtz, 2010), debido a que en estos casos los niños y niñas se ven en una difícil realidad en la que su estructura familiar se ve dañada, se presenta un cambio grande que genera incomodidad o simplemente no es capaz de asimilar tan bien los nuevos elementos que se le presentan, o perciben imposibles las exigencias de su entorno transformándolas en estrés y ansiedad, o la ausencia de seguridad que ofrece un ambiente protector.




La UNICEF (United Nations Children’s Found) realizó un comunicado de prensa en el año 2018 sobre la situación de la infancia en México donde se publicaron datos lamentables, tales como: “de los casi 40 millones de niños, niñas y adolescentes que viven en México, más de la mitad se encuentran en situación de pobreza y 4 millones viven en pobreza extrema”, lamentablemente el nivel socioeconómico afecta al bienestar de los infantes, tanto el aspecto financiero como el social puesto que de ello depende la calidad y cantidad de recursos que estén al alcance de los niños, es decir, los alimentos en los que se basa su dieta, su vivienda, los recursos que posee para enriquecer su formación académica, y como menciona Mejía (2015) “este deterioro en el desarrollo afectivo mediado por las relaciones familiares en condiciones de pobreza tiene implicaciones en problemas emocionales, particularmente en las conductas suicidas de adolescentes”. Es importante añadir que a falta de recursos materiales algunos niños optan por trabajar a muy temprana edad o inclusive son obligados por sus padres.

A pesar de que la situación de pobreza involucra diversas situaciones de potencial riesgo para niños y niñas, se ha demostrado que los infantes pueden ser resilientes incluso a esta situación económica, siempre y cuando cuenten con una relación cercana con alguno de sus padres, puesto que de esta manera le es posible poseer una red de apoyo y generar sentimientos de seguridad y protección, aspectos que funcionan como reforzadores positivos, además de producir confianza en sí mismo y en relaciones interpersonales (Morelato, Korzeniowski, Greco, Ison, 2019).




Otro resultado obtenido a partir del análisis realizado por la UNICEF fue: “6 de cada 10 niñas y niños de 1 a 14 años han experimentado algún método de disciplina violenta, y uno de cada dos niñas, niños y adolescentes sufrió alguna agresión psicológica”, a pesar de que México es caracterizado por tener un pueblo que fomenta el apoyo familiar, el abuso infantil en nuestro país es muy común e incluso ocupa el primer lugar con 5.4 millones de casos por año, siendo el estado de Chihuahua uno de los tres estados con mayor número de casos (senado de la república, 2019) y se menciona que la mayor parte de los casos se dan con un familiar cercano al infante, sin embargo no sólo en los hogares se vive violencia, dentro del ambiente escolar también se presenta ya que 40.48% de las niñas, niños y adolescentes refirieron haber sufrido algún tipo de agresión en la escuela, de las cuales nueve de cada 10 fueron golpes, puntapiés y agresiones verbales (UNICEF, 2018).





En lo que respecta la educación, “alrededor de 4.8 millones de niñas, niños y adolescentes (NNA) de entre 3 y 17 años no asisten a la escuela. Las poblaciones en edad de asistir a educación preescolar y a EMS (de 3 a 5 y de 5 a 17 años, respectivamente) tienen las tasas más altas de inasistencia” según INEE (Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación) en su informe “la educación obligatoria en México” (2019). También se toma en consideración este aspecto puesto que dentro de la escuela se pueden encontrar fuentes de apoyo, ya sea con un profesor de confianza o con los compañeros, por otra parte, el infante tiene la oportunidad de desarrollar y fortalecer sus habilidades interpersonales socializando con sus semejantes dentro del ambiente escolar, así mismo al no estar recibiendo una formación académica los niños son más propensos a vivir situaciones de riesgo ya que el tiempo que se debería dedicar a la escuela se utiliza para realizar actividades fuera de casa o incluso podrían menores de edad estar trabajando en condiciones precarias y con bajos sueldos, el trabajo infantil es ilegal por lo que generalmente produce consecuencias graves para los menores de edad, tales como abuso físico y psicológico, jornadas que no se adaptan a los horarios escolares, exposición a riesgos sin medidas preventivas como el uso de guantes, cascos, entre otras; es claro que la noción de riesgo destaca los efectos que esta inserción prematura en el mercado de trabajo puede acarrear tanto la salud física como mental del menor, por lo que el riesgo puede asumir formas variadas en cada sector productivo” Hernandez, Nazar, Salvatierra (2016).

Con los datos anteriores queda más que claro que la situación para los niños mexicanos no permite un estado de tranquilidad es por ello que en el presente trabajo nos concentraremos en lo que respecta a la resiliencia infantil lo cual no es ni más ni menos que lo anteriormente mencionado aplicado en individuos que están pasando por la etapa de infancia intermedia (de los seis a los doce años) y más específicamente a los 10 años. Puesto que, a pesar de encontrarse en una etapa inicial de la vida, los infantes no se privan de situaciones de riesgo o de estrés. Cabe señalar que, si es verdad que ciertos acontecimientos pueden afectar negativamente a un individuo en edad adulta, en los infantes que están en desarrollo no solo físico, sino también en desarrollo de su personalidad puede que incluso haya mayor probabilidad de que padezcan consecuencias en cuanto a su bienestar psicológico. Feldman (2008) menciona: “¿cuáles son las consecuencias del maltrato psicológico? Algunos niños son lo suficientemente resilientes como para sobrevivir al abuso y crecer para llegar a ser adultos psicológicamente sanos. Sin embargo, en muchos casos, las consecuencias son daños perdurables”. Otros estudios también mencionan los graves efectos que puede producir el maltrato infantil incluso en la edad adulta, así como también mencionan Amores y Mateos (2017) al referirse a las consecuencias que presentan los infantes víctimas de negligencia, indiferencia parental, establece que: “se correlacionan con problemas similares a los revisados, como son la baja autoestima, problemas de socialización, dependencia, inestabilidad emocional, incapacidad de empatizar y una visión amenazante y negativa del mundo” Amores y Mateos (2017). Por lo tanto, aquellos infantes víctimas de abuso físico o psicológico, incluso que hayan pasado casos de negligencia, si no tienen a su alcance los factores que influyen en el proceso de la resiliencia (tanto intrínsecos como sociales) probablemente tampoco logren superar un evento negativo en su etapa de adultez.

Es relevante mencionar qué aspectos del desarrollo se observan en individuos ubicados en esta etapa, en el aspecto cognitivo se presenta el surgimiento del pensamiento operacional concreto y la lógica aplicada a problemas concretos, otro aspecto que se vuelve más complejo es el lenguaje, el cual tiene una relación con el autocontrol de los niños ya que puede funcionar como herramienta ante situaciones que les exijan mantenerse quietos o esperar. Por otra parte, según la teoría de Erickson en esta etapa del desarrollo los individuos presentan esfuerzos por lograr la competencia (haciendo referencia al hecho de ser competente, no de competir con sus semejantes) y enfrentar los desafíos que presentan los padres, los pares, la escuela y las posibles complejidades del mundo, además de esto, los niños empiezan a comprender quienes son, no en un grado tan alto como lo harán durante la adolescencia pero comienzan a buscar su lugar en el mundo y a generar su propio autoconcepto el cual es clave para el desarrollo del autoestima, en este último aspecto los infantes comienzan a identificarse no solo con sus habilidades físicas (por ejemplo, “soy buena dibujando”) sino también con rasgos psicológicos, por ejemplo, “yo soy inteligente y también soy amable”. Además, junto con este constructo del yo, también se tiende a realizar una comparación social por medio de la cual los infantes se evalúan (en el aspecto académico, físico y social) a sí mismos comparándose con individuos similares a ellos, generalmente compañeros de escuela o amigos. A partir de todo lo anterior los niños desarrollan su autoestima (autoevaluación global y específica) la cual puede brindar una visión positiva o negativa de sí mismo. (Feldman, 2008). Todos estos aspectos de la personalidad influyen en el proceso de la resiliencia que como ya se ha mencionado anteriormente, tiene como base la resolución de problemas, un buen grado de autoestima y confianza en las propias habilidades para salir adelante.

Se puede encontrar argumento en lo que mencionan Morfín y Sánchez (2015):

Esta interacción de factores (los genéticos, los ambientales, los socioeconómicos, los culturales y los familiares) puede tener efectos a mediano y largo plazo para la vida de los sujetos, propiciando que los niños y los adolescentes puedan ser sujetos más adaptados a sus contextos socioeconómicos, puedan superar sus condiciones de vulnerabilidad o bien exacerbarlas, dificultando de manera significativa su desarrollo. (Morfín, Sánchez, 2015).

Claramente el contexto ambiental afecta al desarrollo emocional tal y como diversas teorías psicológicas lo han establecido, cabe aclarar que las consecuencias de las experiencias vividas no solo traen consigo consecuencias negativas, sino que, dependiendo del evento puede tener un efecto ya sea positivo o no. Como anteriormente se ha mencionado, la resiliencia brinda la capacidad de recuperarse de un acontecimiento negativo, ahora bien, ¿la resiliencia posee bases biológicas, o bien, puede ser desarrollada a lo largo de la vida de una persona? Al ser la resiliencia un proceso en el que interactúan diversos factores tanto externos como internos, no puede considerarse como innata, sustentando con lo que menciona Gothberg (2002): “… tampoco es una cualidad innata, de algunas personas y grupos sociales, dado que se puede desarrollar, incrementar y fortalecer, a partir de identificar e incentivar las potencialidades, fortalezas y recursos”. Como se determinó en los primeros párrafos, la resiliencia es una habilidad, es decir, una cualidad desarrollada (recordando que las diferencias entre aptitud y habilidad en que la primera se caracteriza por ser innata, mientras que una habilidad se desarrolla a través de la práctica), por ende, la resiliencia puede obtenerse por medio de los recursos que el entorno brinde al individuo y otro que el mismo ya posea, como se menciona en la cita anterior los distintos factores que interactúan en la vida del individuo determinan la manera en que éste reaccionará a futuras situaciones problemáticas, ya sea de manera resiliente o exagerando los problemas e incluso creando mayores dificultades.

Así como también mencionan Haskett, Nears, Ward y McPherson (2006) en su investigación sobre la diversidad de adaptación entre niños maltratados donde se proporciona un resumen de los factores asociados con el funcionamiento resiliente entre niños abusados y desatendidos. Estos factores incluyen características individuales de los niños (por ejemplo, procesos autorreguladores), características del contexto familiar del infante (por ejemplo, un estilo de crianza de apoyo), y experiencias en el entorno más amplio (por ejemplo, amistades cercanas). Con lo anterior es posible mencionar que, si bien una persona no posee la habilidad de ser resiliente, puede desarrollarla a partir de los recursos que su ambiente le brinde, en el caso de los infantes se puede encontrar dichas herramientas en dos principales lugares: el entorno familiar y en el área escolar (Luthar, Cicchetti, Becker, 2000). Cabe aclarar que, al crecer como una persona resiliente esta habilidad no permanece inmutable, es decir, al componerse de factores tanto intrínsecos como externos al individuo no puede asegurarse que posea dicha habilidad el resto de su vida puesto que las redes de apoyo pueden cambiar o bien desaparecer. Como menciona algunos autores, la resiliencia no es una “característica absoluta”, es decir, una vez que se obtiene no es seguro poseerla toda la vida, esto debido a que la resiliencia es el resultado de un proceso dinámico e incluso evolutivo que tiene como elementos algunas variables individuales, de la familia o relacionadas al entorno social, entre otras. (Vera, Carbelo & Vecina, 2006; Llistosella, 2018).

En el trabajo de Utria (2015) se mencionan algunos factores para desarrollar esta capacidad para superar y enfrentar situaciones adversas: personales, cognitivos y afectivos, psicosociales. Así mismo, señala algunas características que se pueden encontrar en una persona resiliente, las cuales son las siguientes: respuesta al peligro, madurez precoz (autonomía), desvinculación afectiva, búsqueda de información, obtención y utilización de relaciones que ayuden a subsistir, anticipación proyectiva positiva (esperanza), decisión de tomar riesgos, convicción de ser amado (autoestima), idealización del rival, reconstrucción cognitiva del dolor, altruismo (placer de ayudar a otros), optimismo. Inclusive se ha mencionado que el factor espiritual influye en el proceso de sobresalir de un evento desafortunado, es decir, la resiliencia; esta premisa se sustenta en con la interminable búsqueda de sentido que presenta el ser humano durante su vida y especialmente en momentos de sufrimiento (Redondo, Ibañez, Barbas, 2017) ya que es en lo que intervienen las ideologías religiosas puesto que dan una causa y motivo a la existencia del individuo, inclusive funcionan al dar consuelo ante la pérdida de un ser querido o la propia muerte.

En lo que respecta a la resiliencia en niños, es necesario que posean un yo fortalecido, creatividad y cuente con la suficiente confianza en sí mismo y en las personas de su entorno para que el infante logre generar diversas soluciones ante la presencia de un problema. (Morelato, Korzeniowski, Greco, Ison, 2019). Otros estudios señalan factores importantes como la verbalización del problema, baja sintomatología, apoyo familiar y de la comunidad (Morelato, 2013). Cada uno de los aspectos anteriores tiene una función durante el proceso de adaptación, en primera instancia la verbalización del problema ayuda a delimitar el conflicto real de manera que se evita minimizar o caer en exageraciones, posteriormente si se cuenta con el apoyo familiar y social así como la confianza en sí mismo y en dichas relaciones se puede formar un ambiente de protección para el infante, contando con la baja sintomatología y la creatividad, se le posibilita el generar diversas soluciones y la decisión por la más eficiente.

Algunas escalas psicométricas utilizadas para medir el nivel de resiliencia con el que un infante cuenta se basan en aspectos personales, tales como el temperamento, etapa de desarrollo en la que se encuentra, habilidades de resolución de problemas, autonomía, satisfacción, voluntad; y aspectos del medio social, como manejo de relaciones interpersonales, contar con padres o un tutor competente, redes de apoyo, empatía, contexto cultural. (Fonagy, Steele, Higgitt, Target, 1994; Saavedra, Castro, 2009). Cabe aclarar, que las escalas miden factores que son implicados en el proceso de resiliencia sin embargo para conocer con certeza si una persona es resiliente es necesario tener la experiencia empírica de haber sido adaptable a un cambio luego de una tragedia o duelo, así como establecen Masten y Gewirtz (2010): “un niño que se desarrolla en forma armónica puede ser percibido como adaptable o competente, pero no necesariamente manifestar resiliencia, a menos que haya sobrepasado el umbral explícito o implícito, de riesgo o amenaza”, es decir, aun mostrándose en un estado de bienestar, la resiliencia se da a conocer al momento de afrontarse y adaptarse positivamente.

Trabajo elaborado por Paula Machuca, estudiante de sexto semestre de psicología en la UACJ, 2021. 

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